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Finalistas al premio Espiral Edublog

04/05/2013
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finalistaEl domingo pasado se publicó la lista de finalistas al VII premio Espiral de Edublogs 2013, entre lo cuales figuraba Carbonilla en la categoría de “blogs de reflexión educativa”. Ha sido para mí motivo de una enorme satisfacción haber sido seleccionado entre muchísimas bitácoras de un gran valor profesional y educativo. Y también un gran honor el formar parte del grupo de blogs que, dentro de la mencionada categoría, constituyen una galería de sitios imprescindibles para quienes estamos siempre inquietos por conocer y aprender de la experiencia docente de otros profesionales.

Mi agradecimiento más profundo para los organizadores de este evento -más que por la nominación, que también-, por el inconmensurable valor que tiene como vía de conocimiento, intercambios y enriquecimiento entre colegas de nuestro entorno y también de lugares más lejanos. Los premios Espiral de Edublogs constituyen, sin lugar a dudas, una auténtica fiesta en nuestro claustro virtual.

Me complazco en presentar a los lectores de Carbonilla los blogs que me acompañan como finalistas en la categoría de reflexión educativa:

[e-aprendizaje]

Sin título-4

Iniciatives Educatives InEdu

Sin título-10

Educar como alternativa

Sin título-5

La Paraula Vola

Sin título-11

El blog de Jacobo Calvo

Sin título-6

Lenguaraz

Sin título-12

El blog de Miguel Ángel García Guerra

Sin título-7

MatemáTICas: 1,1,2,3,5,8,13,…

Sin título-13

El Blog del Sr. Ruiz

Sin título-8

Plan Lingüístico Intercentros

Sin título-14

English Elda

Sin título-9

¿QuÉduQuÉ-QuÉduCuándo?

Sin título-15

Enseñar narrando

27/04/2013

  ¡Entrada publicada nº 100!    alegre

Enseñar narrando (PDF)


narrador

“La adolescencia de Raleigh” por Sir John Everett Millais

Un esquema tampoco implica una aglomeración o agregación mecánica. Es orgánico y dinámico; se traslada, se desliza, se encoge, se ensancha, se eleva, desciende. Algunos ejemplos metafóricos serían como una ola, un ave en vuelo, un libro, una película, la trayectoria de un país, la historia personal de cada uno. Por ello, en un cierto sentido, una descripción o una exposición nos apelan a nuestra capacidad para rastrear conceptualmente los términos utilizados, mientras que la narración nos hace un llamamiento a nuestro poder de comprensión del movimiento y del crecimiento. Una narrativa que emplea esquemas es propulsiva, es una investigación hacia el interior que se  maneja como nave mecida por el viento. M. Lipman


En la entrada anterior proponía la distinción entre los juegos y la forma de los juegos. Establecía entonces la diferencia entre utilizar juegos para aprender  –lo que serían juegos didácticos o “juegos serios”– y jugar a aprender, es decir, darle a los aprendizajes estructura o forma de juegos.

Ahora planteo una propuesta semejante, pero aplicada a la distinción entre las narraciones y la forma narrativa de los discursos. ¿Es posible narrar aquellos contenidos que normalmente se explican? ¿Qué características de la forma del discurso narrativo se pueden utilizar para promover aprendizajes sobre contenidos que habitualmente no se enuncian como narraciones? ¿Qué entendemos por “narratividad”, cuando nos referimos ya no solo a un tipo de discurso sino a un rasgo fundamental de la práctica docente? En suma, se trataría no tanto de utilizar narraciones para enseñar sino más bien de enseñar narrando.


1. Conceptos y esquemas

Para M. Lipman [1], el “pensamiento de orden superior” integra dos dimensiones de la actividad intelectual humana: la inteligencia crítica y sus potencialidades creativas. Dos dimensiones que pueden relacionarse con los aspectos fundamentales de la propuesta Philosophy for childrens: la utilización de textos narrativos y la construcción de comunidades de investigación filosófica en el aula. Intentaré realizar un breve rodeo para presentar la idea de “narratividad”, tomando como base esta reconocida propuesta pedagógica.

Se entiende por concepto a aquella representación mental que reúne las características comunes y esenciales de una determinada clase de objetos. La formación de un concepto consiste en abstraer estas características generales de las particularidades espacio-temporales de los individuos. En este sentido los conceptos son representaciones que uniformizan y simplifican la diversidad y complejidad de la realidad concreta mediante una poderosísima economía intelectual. Su construcción y aplicación pone de manifiesto el simbolismo humano, la capacidad de referirnos y dar sentido a los objetos del mundo, explicarlos mediante enunciados generales y predecir sus comportamientos.

En el reverso cognoscitivo de los conceptos se encuentran los esquemas, idea propuesta por un gran número de autores, que tiene en su diversidad significativa una base común: la preocupación por reconocer la manera como los humanos somos capaces de realizar el camino de retorno, una vez que conseguimos ascender a la abstracción conceptual; ya en posesión de esa formidable herramienta sintética que es la conceptualización, cómo hacemos para descender al mundo de las representaciones empíricas y la utilizamos para designarlas, es decir, para re-producirlas como objetos cargados de significado y de sentido.

E. Kant, en la Crítica de la Razón Pura [2], otorga a la imaginación esta función de producir esquemas, y los define como esa instancia intermedia en la que se establece una semejanza o punto de contacto entre el concepto y la representación empírica. Para que un concepto pueda subsumir un objeto –esto es, darle un significado– tendrá que haber algo que le haga semejante al objeto. Ese algo sería el esquema. El “esquematismo trascendental” kantiano es una parte especialmente compleja de la teoría crítica. No entraré en ella, y me limitaré a subrayar aquellos aspectos de la idea de “esquema” que pueden sugerir pistas para realizar una extrapolación hacia el mundo de los aprendizajes, intentando definir así las características que debería tener una orientación “narrativa” en la práctica docente.

Subrayo entonces, en relación con la idea de “esquemas”, las siguientes notas de su definición: su pertenencia al mundo de la subjetividad (es el sujeto el que, de una manera particular, construye puentes entre los conceptos que posee y las representaciones empíricas que debe interpretar); su carácter esencialmente temporal y dinámico (el esquema, a diferencia del concepto, se despliega, no se aplica mecánicamente, relaciona, sería como la argamasa que engancha la forma fija de los ladrillos para producir formas flexibles y variables). Una colocación intuitiva de las ideas de concepto  y esquema en campos opuestos situaría a los primeros del lado de la racionalidad y la explicación, y a los segundos del lado de la imaginación y la investigación creativa.

La aportación de la Teoría de la Forma al estudio de las percepciones, y su posterior extensión al ámbito científico de la psicología social, fue el reconocimiento de la importancia de las estructuras o formas (las gestalt) para la producción de significados. El todo posee un plus de significado en relación con la suma de sus partes. Ese plus viene dada por la relación, es decir, por la estructura o forma del todo. Esta perspectiva gestáltica significó, sin lugar a dudas, un avance importantísimo respecto de las posiciones atomistas y asociacionistas de los psicofísicos y padres de la psicología moderna, Gustave Fechner y Wilhelm Wundt, que hacían del sujeto humano un receptor pasivo de los estímulos producidos por una realidad externa y “objetiva”. Sin embargo, adolecía de un cierto estatismo: las formas no eran puestas en movimiento, no se les otorgaba la capacidad de expandirse, se las concebía como formas espaciales innatas, más que como construcciones temporales.

La idea de esquema como matriz, que no sólo permite ordenar los elementos sino que también indica la peculiar manera en que se produce ese orden, propone un mundo de relaciones, de posiciones y de perspectivas que se encuentran en continua transformación. Ejemplo de conjuntos de esquemas en movimiento son los cuentos, las leyendas, también los espots publicitarios. Las narraciones en general transmiten ideas en expansión, es decir en movimiento y también en relación continua con otras ideas; y de ese movimiento y de esas relaciones cobran su tonalidad particular, es decir su sentido, no solo su significado.


2. Dos ejemplos personales de discursos narrativos

Utilizaré el adjetivo “narrativo” asignándole un significado un tanto alejado del habitual, es decir, aquel que identifica un texto como narrativo porque expone una historia y  no explica  ningún enunciado o teoría universal. Para el sentido habitual, los textos narrativos son propios de la literatura, y los textos expositivos propios de la ciencia. La dificultad para encontrar un adjetivo diferente me lleva a mantener la cualificación de “narrativo” para referirme también a aquellos textos que pueden ser narrativos aunque no sean, en un sentido estricto, narraciones.

Recuerdo dos experiencias muy separadas en el tiempo y diferentes entre sí, pero que igualmente me cautivaron, y que aún recuerdo con especial vivacidad. La primera ocurrió cuando yo era aún un niño. Una muchacha, que tenía la tarea de cuidarnos a mis hermanos y a mí mientras nuestra madre realizaba otras ocupaciones, para mantenernos entretenidos nos contaba películas que ella había visto; casi todas “de romanos”, protagonizadas siempre por el actor Steve Reeves, que, allá por los años sesenta, también había sido Mr. Universo, y del cual, ahora supongo, nuestra cuidadora estaba perdidamente enamorada. Esta pasión por el protagonista y por sus heroicas andanzas se traslucía en la vivacidad de la narración, hasta el punto que hoy aún recuerdo hasta sus matices más detallados –que superaron, con mucho, el decepcionante original visionado, años más tarde, en un cine de barrio–. Este ejemplo no tiene nada de especial, y resulta comparable a cualquier experiencia narrativa que cualquier niño puede compartir con su madre, su abuela o un hermano mayor.

Más curioso resulta el segundo recuerdo. Volví a sentir la misma fascinación, ya no por un cuento o una historia de películas sino por una serie de explicaciones que el profesor de la asignatura de “Educación Democrática” nos regalaba a lo largo de aquel primer curso de bachillerato, en una pequeña ciudad de la pampa húmeda argentina. Recuerdo que entraba en el aula, con un traje siempre azul, una pequeña libreta en una mano, un cigarrillo a punto de encender en la otra y una media sonrisa en el rostro. Durante los cuarenta y cinco minutos que duraba la clase prácticamente no dejaba de hablar; de tanto en tanto escribía en la pizarra unos esquemas que tenían la virtud, casi mágica, de reproducir y ordenar, de manera clarísima, el despliegue expositivo. Alguna vez se detenía, hacía alguna broma al hilo de la explicación, realizaba alguna pregunta, no para indagar por nuestros conocimientos, sino como algo natural, como parte del diálogo que se mantiene en una charla o intercambio, digamos “horizontal”.

Un pedagogo observador no dudaría en calificar como “académica” la forma de dar la clase de este profesor; eso sí, dinámica y participativa, pero académica al fin. Yo me resisto a hacerlo. Aunque reconozco que quizá no sea el modelo óptimo de una didáctica “narrativa y de investigación”. Siempre he asociado las clases académicas con el aburrimiento y la dificultad para comprender, pero resulta que de todo pasaba menos esto en aquellas que ahora recuerdo.

¿Qué es lo que producía semejante fascinación? ¿Qué tenían esas explicaciones para conseguir una atención ininterrumpida por parte del alumnado? ¿Por qué cada vez que levantábamos la mano para hacer una pregunta o proponer una idea, no teníamos la sensación de estar sometidos a la evaluación de nadie, igual que cuando interveníamos en cualquier conversación entre iguales?

Yo creo que las respuestas a estas preguntas están en el hecho de que aquel profesor conseguía narrarnos cuentos sin explicarnos ninguna historia, conseguía construir narraciones con materiales expositivos. No se trataba de una cuestión meramente formal, de una manera de presentar las ideas, de su claridad o de sus diagramas en la pizarra. Era también una cuestión de contenidos: conseguía desplegar un tema o una serie de ideas de una manera dinámica y abierta. Y además, conseguía meternos dentro de esta corriente, haciéndonos sentir que participábamos de su construcción. Y quizá, lo más importante, más que el contenido de las ideas, era que dejaba traslucir su relación personal con ellas; como la niñera que cuando nos contaba la historia de Hércules, en realidad nos estaba hablando de su amor por el protagonista.

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿Qué debe tener un texto (escrito o hablado) para ser considerado narrativo? ¿Es indispensable que contenga una historia? Con la narración anterior de mis dos recuerdos he intentado mostrar que no. A continuación, intentaré precisar algo más en qué podría consistir el carácter narrativo de un texto o de una práctica docente.


3. ¿Cuáles son las características de una práctica docente narrativa?

Para Lipman, los textos o las dinámicas docentes en el aula responden a un paradigma narrativo cuando comparten el dinamismo y la energía propia de los esquemas, tal como lo describíamos anteriormente. Para las narraciones, como para los esquemas en general, el sentido de los acontecimientos no solo viene dado por la relación sincrónica de los elementos que intervienen, sino también por la transformación y la incorporación diacrónica de nuevos personajes. Mediante los esquemas el pensamiento crítico se desarrolla como pensamiento creativo.

Para poner un ejemplo, pensemos en cómo se podría hacer de la explicación expositiva de una teoría científica una narración dinámica. Tendríamos que evitar explicarla de manera acabada y definitiva (de hecho es así como se explican las teorías en la mayoría de los textos, y también en nuestras clases), e intentar reproducir de manera compartida con los alumnos todo el proceso que condujo a estos resultados; sin escatimar detalles en las peripecias de la investigación, ni omitir, sobre todo, aquellos aspectos de la teoría que aún quedan sin explicar, o que son controvertidos y que presentan diferentes soluciones según los científicos que las propongan.

¿Qué es lo que queda como saldo educativo?: la realización del recorrido, la narración vivida, la comprensión del método (el camino), más que la memorización del resultado. De esta forma, la creatividad deviene punto de contacto entre estos dos campos aparentemente tan alejados: la investigación científica y la narratividad. Ambos son dinámicos, abiertos y se desarrollan en primera persona, criterios que propone  Lipman para diferenciar un texto narrativo de uno expositivo.  Que sean dinámicos significa que exponen un desarrollo, un transcurrir de sucesos encadenados, que abren un mundo en movimiento, en permanente cambio. Que sean abiertos quiere decir que no son conclusivos, que no hay ideas terminadas ni conclusiones definitivas, todo puede ser revisable; el suspenso, la intriga, la curiosidad, son sus rasgos dominantes; siempre nos invitan a continuar, siempre nos dejan con las ganas de que no acaben. (Esto ocurre en aquellas pocas ocasiones cuando algún alumno pregunta asombrado: “¿ya se terminó la clase?”). Pero quizá, el rasgo definitivo,  y también la exigencia más difícil de conseguir, sea la narración en primera persona. ¿Cómo podemos utilizar la primera persona –y no me refiero tanto a la primera persona gramatical como a la psicológica o existencial– para explicar algo que no hemos vivido, o que nos pilla muy de lejos, o que nos resulta indiferente?

Solemos explicar un contenido curricular como algo que no nos pertenece, como algo ajeno, precisamente cuando quien nos lo ha explicado lo ha hecho de manera expositiva, o lo hemos estudiado en un libro que no ha sido escrito por nosotros, o porque cuando lo aprendimos nada cambió en nuestras vidas, o porque la única incomodidad que nos produjo fue el de una noche en vela para poder estudiarlo y así aprobar un examen.

El profesor invade el espacio intelectual y emocional del alumno, obtura cualquier posibilidad de desarrollo y creación autónoma, anula su imaginación, cuando transmite de manera más o menos mecánica un discurso que tampoco a él le pertenece. Reproduce con sus alumnos un proceso semejante al que él ha realizado durante su formación como docente. No es la subjetividad del docente la que invade la del discente, porque el docente también pone en juego el discurso de otro, su subjetividad (y su deseo) también está ocupada, tampoco es libre. Aunque resulte algo cursi decirlo, estoy absolutamente convencido de que si mi niñera no se hubiera enamorado de Steve Reeve, hoy yo no recordaría sus películas de romanos.


4. ¿Cómo resignificar la práctica docente en un contexto narrativo?

Si hay una acumulación de saberes recuperables y transmisibles en el maestro, también los hay en el alumno. No son saberes intercambiables ni homologables; sin embargo, la acción docente no es un viaje desde la plenitud a la carencia, sino más bien una construcción conjunta que, sin negar las posiciones y funciones específicas, sabe recuperar lo que a sus protagonistas dinamiza  y corregir lo que les detiene.

Esta perspectiva, que relativiza el saber docente y lo sitúa en una posición de “supuesto saber”,  se complementa con la idea de que es la palabra y la tarea de los alumnos aquello que debe situarse en el centro del espacio pedagógico. La palabra y la acción docente deberían solo configurar dicho espacio, ponerle límites, reordenarlo, generar condiciones para su transformación; pero procurando siempre  no invadirlo, evitando así desplazar al estudiante de su posición central y de legítimo ocupante.

Sin embargo, también esta perspectiva puede llevarnos al límite de un cierto nihilismo docente: tan supuesta es la posición del docente que su función simbólica se agota en poner límites, en orientar y configurar el desarrollo del discurso del alumno. ¿Dónde queda lo que el profesor sabe? Incluso podríamos preguntarnos si es que realmente sabe algo. [El paradigma de esta posición es la experiencia de Jacotot narrada por Rancière en su libro "El maestro ignorante"] Esta posición, de indudable utilidad como dinamizadora de la reflexión (auto)crítica, puede ser mediatizada en su radicalidad si proponemos otra pregunta: ¿no es posible que el docente ponga en juego un saber que, sin desplazar el protagonismo del alumno, respete su subjetividad, le estimule y dinamice?

Aquella suerte de nihilismo docente arrinconaba al profesor en el límite de la escucha. Ahora, sin renunciar a ella, pensamos en un tipo de discurso que tenga dos características: por un lado, que provenga de un saber propio –el saber de un docente que ha renunciado a ser mero portavoz del saber de otro (aquel que consiguió durante su trayectoria académica), que ha reconocido su identidad alienada y que habla desde una identidad nueva (aquella que consigue construir mediante la recuperación autobiográfica de su experiencia como alumno y como docente)– y por otro,  un saber que se explique como narración.

El profesor que no explica sino que relata los avatares de su inteligencia, incluidas las dudas, las ambivalencias, y también las emociones…, está invitando al adolescente, con frecuencia de manera irresistible, a contarse a sí mismo su vida y su pensamiento, con lo cual posibilita que devenga sujeto autónomo y constructor de su propio conocimiento.

Para ello se ha de cultivar una suerte de excelencia educativa. Escribir en la carne y con la sangre propia la historia de un saber “auto-biografiado”, para luego compartirlo de manera prudente y sabia. Sería algo así como morir por segunda vez. Primero fue la muerte de aquel modelo docente que, cuando fuimos alumnos, nos convirtió en objetos; ahora sería la muerte de esa tendencia irresistible y narcisista que sumerge a nuestro alumnado en la condición de público silencioso.


5. ¿Cómo poner en juego en clase una práctica docente narrativa?

Decíamos, siguiendo a Lipman, que las prácticas narrativas resultan de poner en juego un discurso dinámico, abierto, temporal y concreto.  Un discurso es dinámico cuando explica los acontecimientos no en el momento de su culminación sino recorriendo el movimiento de su desarrollo; que es abierto cuando permite una multiplicidad de perspectivas y de lecturas; que es temporal cuando reproduce la secuencialidad de su desarrollo, conteniendo las relaciones que pueda tener con las circunstancias históricas y contextuales; y que es concreto cuando narra las vicisitudes reales de los “personajes”, pudiéndose considerar como personaje al héroe de un mito, al protagonista de un cuento, pero también a una teoría, a una palabra, a un protagonista de la vida política, al alumno o al profesor que protagonizan las mil historias sucedidas en la clase y que también pueden ser narradas.

¿Es posible reconvertir una exposición académica en una narración? Considero que sí es posible, y sin que ello implique necesariamente que el docente abandone la presentación de ideas y tenga que ponerse siempre a narrar historias.  Entre un discurso expositivo y otro narrativo –pongamos por ejemplos extremos la conferencia que realiza una especialista ante un nutrido auditorio, y el cuento que narra un abuelo a su nieto antes de dormir–, se puede establecer una graduación continua. En definitiva, más que de opciones excluyentes se trataría de tender hacia un extremo u otro. Cada vez que un docente intenta “esponjar” su discurso con ideas incompletas, o con interrogantes que promueven el pensamiento de los alumnos, o recurre a ejemplos de historias reales o imaginadas, o desciende de la pura abstracción de los conceptos para utilizar metáforas, personificaciones, imágenes en movimiento, es decir, realiza aquello que es preocupación frecuente en los docentes: “hacer más amena la clase”, está intentando acercarse al polo narrativo de aquel continuo. Sin embargo, lo que caracteriza este acercamiento es el hecho de ser espontáneo y metodológico, es decir, no responde a una reflexión más o menos sistemática previa, y se piensa como un recurso más para captar la atención de los alumnos y aumentar su motivación. El reto que ahora proponemos es ir más allá de esta espontánea inquietud metodológica, y hacer de la narratividad un aspecto constitutivo, central y consciente –es decir, reflexivo– de la práctica en el aula.

La narratividad puede ser considerada como el reverso inseparable de la investigación; de la misma forma que la creatividad lo es del pensamiento crítico. Investigar de alguna forma es narrar a los demás y a uno mismo la historia que explica al mundo y a las ideas, mientras se las investiga; la narración se detiene cuando uno  deja de referirse a la investigación y comienza a explicar sólo sus resultados. Si esto hacemos en clase es como si explicáramos una película comenzando por contar lo que sucede al final; es más, a veces contando el final sin tan siquiera haber explicado lo anterior.

Las características del discurso narrativo –dinamismo, apertura, temporalidad y concreción– lo hacen idóneo para promover la expresión reflexiva del pensamiento de los alumnos. Por el contrario, el discurso expositivo, cuando la transmisión es su forma exclusiva, lo obtura. Naturalmente que esta afirmación, tan contundente, puede ser matizada diciendo que depende de las circunstancias mentales y motivacionales del estudiante. (Un estudiante de la carrera de filosofía puede sentirse muy motivado y desplegar toda su imaginación creativa a partir de la lectura directa de la Crítica de la Razón Pura. De todas formas permítaseme que lo dude. En mi caso personal, la obra de Kant produjo tal efecto, pero no fue más que por las explicaciones magníficas de un profesor, que tuvieron mucho de narrativo). No obstante, si consideramos la situación más habitual entre los alumnos adolescentes del bachillerato, desde el punto de vista evolutivo y psico-social, además de considerar el grado de eficacia pedagógica que suelen tener las formas narrativas, desde un punto de vista motivacional está probada la optimización de sus resultados.

Finalmente decíamos que otra característica del discurso narrativo que debe agregarse a las anteriores es que suele ser en primera persona. Una primera persona que no siempre es gramatical, sino que puede ser psicológica o vivencial. Esto quiere decir que aquello que se narra está estrechamente ligado a la vida del narrador; o en el caso de que no sea así, el narrador de todas formas acaba implicándose personalmente en lo que cuenta. El narrador puede referirse a acontecimientos lejanos, a personajes desconocidos o a situaciones imaginarias, pero de alguna forma, a través de ellos, también habla de sí mismo. Es esta característica del discurso narrativo lo que da una pista más, y creo que decisiva, para reconvertir un discurso expositivo en uno narrativo: la recuperación autobiográfica de la teoría que se explica. Esto significa que el docente debería hacer el esfuerzo de pensar –y si lo puede escribir mejor– en el proceso real que él ha realizado por aprender determinados contenidos, las ideas que sobre la cuestión pudo haber tenido durante su pasado, los hechos o las circunstancias que durante su vida pudieron estar asociadas a dichos contenidos.

Puede resultar algo extraño, pero se trataría de realizar una tarea muy sencilla: comenzar a preparar un tema que luego se trabajará en clase poniéndose delante de una hoja en blanco, y escribir de forma lo más narrativa posible las experiencias más vitales y personales que hayan tenido relación con dicho tema. Esta curiosa tarea, que no siempre es fácil de realizar, acaba por modificar nuestra posición frente al tema, nos lleva a pensarlo de manera diferente, y sobre todo nos permite presentarlo en la clase de otra forma. Puede ocurrir que sobre una determinada cuestión no haya nada que recuperar, porque nunca la hemos trabajado demasiado, porque tampoco nos ha interesado mucho, o sencillamente nos aburre; entonces no habrá más remedio que realizar esta aproximación dinámica y de investigación de manera conjunta con los alumnos; buscar con ellos aquel aspecto que pueda llegar a interesarnos; o bien, en último caso, dejarlo correr definitivamente. Si no lo hacemos así, seguramente habremos explicado cosas aburridas, los alumnos habrán tomado notas que olvidarán enseguida, aunque hayan aprobado los exámenes, y habremos perdido una parte del escaso tiempo que disponemos para compartir con ellos experiencias de auténticos aprendizajes.


[1] LIPMAN, M. (1991), Pensamiento complejo y educación, Madrid: Ediciones de la Torre.

[2] KANT, E. Crítica de la razón pura, Buenos Aires. Editorial Losada (1976), Vol. I, p.287.

Jugar a aprender

12/03/2013

Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego,
una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Nietzsche, Así habló Zaratustra


puzzle

Contextos de autonomía

El valor de la autonomía es el rasgo que seguramente marca la diferencia en los modelos de aprendizajes más innovadores. Sin embargo, parece no ser suficiente con permitir y promover en nuestros alumnos la gestión autónoma de sus aprendizajes; es necesario además, que consideremos la propia autonomía como objeto de aprendizaje. Aunque pueda parecer lo contrario, existen fuertes resistencias, tanto por parte de muchos docentes y también de los alumnos, a desarrollar comportamientos autónomos. [1] La formación de los docentes y la cultura institucional de los centros parecen reproducir y consolidar estas resistencias.

Tal como he sugerido en mi entrada anterior, la socialización escolar hace que se viva como natural una supuesta concentración del saber en el estamento docente, el cual es transmitido a los estudiantes. Esto provoca una paradójica situación: la actividad escolar en general suele ser rechazada por los alumnos por tediosa y carente de interés; y a la vez, cuando se intenta promover formas de participación más creativas y autónomas, suelen resistirse, siendo los resultados no muy satisfactorios.

Esta situación es más notoria si se trata de aprendizajes llevados a cabo por alumnos adolescentes en institutos de secundaria. Suele darse la ambivalencia, propia de este período del ciclo vital, entre la necesidad de distanciarse de la dependencia infantil y la presencia de serias dificultades para gestionar comportamientos autónomos y responsables. Los jóvenes se sienten en condiciones para embarcarse en proyectos que exigen la postergación de deseos inmediatos y poner en juego cuotas importante de esfuerzo, pero a la vez viven una importante resistencia al esfuerzo y a la renuncia. Reclaman autonomía, pero también tienen considerables dificultades para ejercerla. La educación secundaria niega esta ambivalencia, afirmando únicamente uno de sus términos: el de la irresponsabilidad y la dependencia. Esta percepción unilateral del mundo adolescente es lo que acaba justificando prácticas y formas de organización escolar autoritarias y heterónomas.

Cómo es posible que se asuma la necesidad de “aprender a aprender”, o de construir y desarrollar un entorno personal de aprendizaje, o de investigar de manera práctica los problemas propuestos, si en el campo de intereses está excluida la propia necesidad de aprender, al menos lo que se enseña en los institutos. Esta ausencia se compensa con motivaciones de naturaleza extrínseca: desde las más inmediatas, como por ejemplo, aprobar exámenes, evitar la reprobación parental o conseguir sus recompensas, hasta las de más largo plazo, como las certificaciones o acreditaciones, las cuales se piensa que abren puertas para estudios superiores o para ingresar en el mercado laboral. Respecto de estas motivaciones, a nadie se le escapa la endeblez de sus fundamentos, lo cual complica aún más las cosas. [2]

Autonomía y motivación intrínseca son dos caras de la misma moneda, al menos en la adolescencia, y con frecuencia también en la edad adulta. Para que sea posible aprender a gestionar por sí mismo los aprendizajes y a desarrollar las competencias idóneas que permitirán realizar aprendizajes futuros, resulta imprescindible sentirse motivado a hacerlo. La respuesta de la posiciones más “rigoristas” es afirmar que justamente los alumnos lo que deben aprender es hacer aquello que es necesario que hagan, aún cuando no tengan ganas de hacerlo. Respuesta sostenida por los que lamentan del sistema educativo actual el hecho de haber abandonado la cultura del esfuerzo y de la postergación de las necesidades inmediatas. Considero que más allá de una discusión de principios habría que pensar en términos de eficacia real: ¿Cuáles son las condiciones más favorables para que los aprendizajes resulten efectivos, entendiendo por aprendizaje la modificación de comportamientos y la adquisición real de competencias, y no la mera acumulación memorística de información, que por lo general es olvidada al cabo de un tiempo?

De poco sirve la exhortación a la necesidad del estudio, a la responsabilidad y al compromiso con el futuro propio y con la comunidad que posibilita su construcción. Los alumnos necesitan algo más, ya no para participar sino para tener el deseo de hacerlo. Necesitan que les permitan ser autónomos, pero sobre todo sentir que vale la pena o que tiene sentido el ejercicio de su autonomía. Es más, diría que cuando lo que se hace resulta interesante o gratificante las puertas de la iniciativa personal se abren naturalmente, dejando que fluya de manera espontánea enormes caudales de energía y creatividad.

¿Cómo deberían configurarse los contextos de aprendizajes para que se den las condiciones propicias para el compromiso y la implicación (engagement) de los alumnos en los aprendizajes promovidos por los docentes y la institución educativa? Creo posible reconocer por lo menos cuatro formas o estructuras contextuales que pueden dar respuesta a esta pregunta:

  1. La ludificación: utilización de estructuras de juegos (gamification)
  2. La narratividad: explicación de contenidos mediante historias (storytelling)
  3. La experimentación: investigación dirigida a responder preguntas y resolver problemas (project based learning)
  4. La afectivización: atención, cuidado y retroalimentación continuada de los aprendizajes

Me centraré ahora en la forma de la ludificación, e intentaré referirme a las otras tres en próximas entradas.

Gamificación y juegos serios

La palabra gamificación es un anglicismo que deriva de la palabra “gamification” y que podría ser traducida como “ludificación”. Desde no hace mucho tiempo está presente en Internet, y se refiere a una de las últimas tendencias en el campo del marketing, la gestión empresarial, la formación laboral y, quizás en menor medida, también en el campo educativo. En relación a esta última aplicación, las dificultades para conseguir que los alumnos adolescentes de la educación secundaria obligatoria y del bachillerato se impliquen y comprometan con los procesos de aprendizajes, han conseguido que el papel de los juegos en la educación se haya instalado como tema importante en los debates entre docentes y profesionales vinculados a esta etapa. Se suele hablar del potente efecto de “engagement” (otra palabra inglesa que significa compromiso, y que por extensión podríamos entender como motivación, ganas de estudiar algo, diríamos “enganche”) que los juegos tienen a la hora de realizar actividades de aprendizaje. [3]

Se ha realizado una pertinente distinción entre “gamificación” y la utilización de los llamados “serious games” (juegos serios). [4] Lo primero sería la utilización de recursos o actividades con estructura de juego en contextos no necesariamente lúdicos (en nuestro caso en los contextos de aprendizajes), y lo segundo se refiere a la utilización de juegos como recursos didácticos. De hecho, la actualidad de estas cuestiones está relacionada con el vertiginoso desarrollo de la industria de los video-juegos, en el marco del avance y la profunda implantación de las nuevas tecnologías digitales en nuestra vida cotidiana.

De los videos-juegos se han realizados muchas y frecuentes valoraciones negativas, referidas a sus efectos en la vida de los niños y los jóvenes: adicción, causa de aislamiento social, evasión de la realidad, transmisión de valores y pautas de comportamientos negativos como por ejemplo la agresividad, el sexismo, el individualismo, etc. Pero, por otra parte, también se les reconoce ser una fuente inagotable de aprendizajes, mostrando en ello un grado de eficacia muy alta. Todo parece indicar que la utilidad de los juegos en el mundo educativo depende de sus contenidos y formas de aplicación.

Ahora bien, si nos centramos no tanto en la utilización de los juegos educativos (serious games) como en la necesidad de repensar los contextos de aprendizaje en término de estructuras o formas de juego, es posible recuperar estudios que, desde ya hace mucho tiempo, se han referido al papel de las formas lúdicas en la vida de las escuelas. Más que jugar para aprender se trataría de aprender jugando, es decir jugar a aprender; ludificar la educación, y en ello incluyo no sólo las actividades de aula, sino también, por ejemplo, la convivencia escolar y el conjunto de aprendizajes informales que se realizan en las instituciones educativas.

Veamos algunos elementos que podrían constituir la forma de los juegos, principalmente desde la perspectiva de su aplicación en las prácticas educativas o en las dinámicas institucionales de los centros. Siguiendo las investigaciones de Vygotski es posible señalar tres aspectos fundamentales en las estructuras lúdicas: la imaginación, la acción y las reglas.

La forma del juego

No se puede definir el juego como una actividad placentera en sí misma. No es el placer lo que define al juego, sino la satisfacción de determinadas necesidades. Muchos juegos, por ejemplos los deportivos, conllevan sacrificios, esfuerzos, sensaciones displacenteras, sobre todo cuando se resuelven en derrotas. Sin embargo, para el niño y los jóvenes los juegos continúan siendo enormemente atractivos; y algo semejante se puede decir también de los adultos y personas mayores. Es por esta razón que no es posible dar cuenta de una explicación universal, e incluso evolutiva de los comportamientos lúdicos, sin contar con una explicación de la modificación y la variedad de necesidades que los juegos satisfacen.

Vygotski [5] señala que los niños durante su primera infancia tienden a la satisfacción inmediata de sus deseos. Parece que es a partir de la edad pre-escolar que el niño consigue posponer esta satisfacción mediante la creación de un espacio imaginario. Sería el carácter imaginario lo que define la naturaleza del juego en general, vinculado siempre a una acción postergada o sustituida.

Lo propio de la forma del juego es la construcción de entornos, papeles y dinámicas de relación social, vividos de manera separada y diferenciada de las realidades fácticas, es decir, constituidas como realidades imaginarias. Las realidades fácticas nos vienen dadas y, en consecuencia, la autoconciencia de nuestra participación en ellas sólo puede alcanzarse mediante un esfuerzo crítico de distanciamiento; lo frecuente es que se sumerjan en el mundo de lo habitual y por tanto de lo no cuestionado. Por el contrario, los contextos lúdicos sólo tienen como dado precisamente su condición de imaginarios, y en ello reside su atractivo. El juego es pura representación, y como tal es actividad autoconsciente, participación libre, aún en la aplicación de las reglas más estrictas, dado que son sólo eso, reglas de juego. Durante los juegos se construyen entornos convertidos en escenarios, los papeles se identifican como personajes y las relaciones tejen historias imaginarias.

La otra característica consustancial a los juegos es la existencia de reglas. En el momento en que se ingresa a un campo imaginario, este necesariamente se delimita y constituye por determinadas reglas; incluso en los casos de aquellas circunstancias que a simple vista no parecen ser situaciones lúdicas, ni imaginarias, pero que, sin embargo, son vividas como tales.

Sobre esto último Vygotski propone algunos curiosos ejemplos:

Sully señaló que especialmente los niños pequeños podían hacer coincidir la situación lúdica con la realidad. Describió un caso en que dos hermanas, de cinco y siete años, se decían:”Vamos a jugar a ser hermanas”. Estaban jugando en una situación real. En algunos casos, me ha resultado relativamente sencillo descubrir este tipo de juego en los niños. Es muy fácil, por ejemplo, encontrar a un niño jugando a ser niño mientras que la madre desempeña el papel de madre, es decir, jugando a lo que cada uno es en realidad. Sin embargo, como asegura Sully, existe una diferencia esencial: la niña que está jugando trata de ser como ella cree que debe ser una hermana. En la vida real la niña se comporta sin pensar que es la hermana de su hermana. En el juego de ser hermanas ambas están enfrascadas en la representación de sus respectivos papeles; el hecho de que decidan jugar a ser hermanas las obliga a respetar unas reglas de conducta.

…como resultado del juego, la niña comprende que las hermanas tienen una relación entre sí distinta de la que mantienen con las demás personas. Aquello que en la vida real pasa inadvertido para el niño, se convierte en una regla de conducta en el juego.

Esta situación podría trasladarse al escenario del aula. Sería el caso de aquellos docentes que tienen la capacidad de crear climas de juego en clase, sin necesariamente estar jugando a nada. Es como si todos los participantes, estudiantes y docente, tomaran distancia de su realidad fáctica individual y representaran papeles, creando un clima próximo a la levedad del humor o a la fluidez de las narraciones.

No obstante, esta dinámica, lejos de ser caótica, obedece a reglas más o menos implícitas. Y esto debe ser así, porque si lo de que se trata es de mantener ese clima lúdico, es necesario reconocer que no puede haber juegos sin reglas. Curiosamente, la regulación parece ser una de las condiciones necesarias para que el juego sea una experiencia gratificante. Sin reglas no hay juego, al menos juego compartido. Las reglas delimitan un campo de acción y regulan sus dinámicas internas. Las formas de juego propician el reconocimiento y la aceptación de reglas compartidas, y también,  al emerger de la necesidad de regular la interacción social, la aceptación de límites a la libre expansión de la individualidad.

Juego y aprendizaje

Además de las ventajas de las situaciones de juego para la motivación y la gestión autónoma, veamos su papel específico en la propia eficacia de los aprendizajes.

La forma del juego promueve la implicación activa: los alumnos construyen el pensamiento como respuesta a las demandas de la acción. Hay aprendizaje efectivo, en el sentido de que se produce una modificación del comportamiento habitual, desde la conciencia reflexiva sobre los el comportamientos más adecuados. En esta exigencia que demanda la acción, el estudiante se ve compelido a ampliar, en el decir de Vygotski, su “zona de desarrollo próximo”. Vygotsky, en el texto al que estamos haciendo referencia, nos habla de la modificación del comportamiento en los niños; no obstante, considero que también es aplicable a edades posteriores.

“Considerando el tema desde la perspectiva contraria, ¿podríamos suponer que la conducta del niño está siempre regida por el significado, que el comportamiento en la edad preescolar es tan árido que nunca es espontáneo porque el pequeño cree siempre que debería comportarse de otro modo? Esta estricta subordinación a las reglas es totalmente imposible en la vida real; sin embargo, en el juego resulta factible: de este modo, el juego crea una zona de desarrollo próximo en el niño. Durante el mismo, el niño está siempre por encima de su edad promedio, por encima de su conducta diaria en el juego, es como si fuera una cabeza más alto de lo que en realidad es. Al igual que en el foco de una lente de aumento, el juego contiene todas las tendencias evolutivas de forma condensada, siendo en sí mismo una considerable fuente de desarrollo.”

El juego exige retroalimentación permanente. Ninguna acción queda sin respuesta. Ésta puede ser tecnológica o social (del docente o de los compañeros). Es necesario un período previo de aprendizaje del propio juego. Pero una vez esto esté consolidado de manera práctica, la dinámica tiende a ser autónoma por parte de los participantes. La presencia del docente pasa desapercibida, cumpliendo una función básicamente de moderación o de orientación, a veces también de arbitraje. Cuando se alcanza este estadio de autonomía y familiaridad con las dinámicas del juego, la motivación tiende a ser intrínseca y los aprendizajes mucho más efectivos.

Jugar favorece el aprendizaje de las prácticas colaborativas. En una de las columnas que Martínez Aldanondo publicó en las newsletters de Catenaria,  comparte los resultados de una encuesta en la que pregunta…

“…a varios cientos de personas qué era lo que consideraban más importante para vivir y trabajar en la sociedad actual. Diez de las quince respuestas que mayor votación obtuvieron pertenecen a lo que habitualmente se denominan “habilidades blandas”: inteligencia emocional, adaptación al cambio, trabajo en equipo, creación de redes, aprendizaje continuo, motivación, curiosidad/riesgo, comunicación, respeto, formar familia/desarrollo de los afectos, constancia/perseverancia y creatividad.”

“Cualquiera que haya practicado algún deporte de manera rigurosa sabe que no es factible ser medianamente competente si no se aprenden todas esas habilidades que además resultan imprescindibles en el ámbito laboral y personal pero que la educación formal deja sistemáticamente de lado, entre otras razones, porque no sabe cómo enseñarlas. De hecho, fue en los recreos del colegio, cuando se armaban los partidos, donde desarrollamos las primeras nociones de negociación, de creatividad, de comunicación, etc.” [6]

A la afirmación de que la forma del juego favorece la incorporación de destrezas  para el trabajo colaborativo y las habilidades de relación social, se podría añadir otra afirmación en sentido inverso: la realización de aprendizajes en contextos colaborativos les convierte en juego. Lo cual nos dice de la importancia de las prácticas grupales y de cooperación para aumentar la implicación y la motivación (engagement) de los estudiantes.

Otro de los efectos positivos de la situaciones de juego es la de crear condiciones para el pensamiento reflexivo. Durante la vida cotidiana los comportamientos se realizan en su mayor parte sumergidos en la espontaneidad no reflexiva. Actuamos como respuesta a estímulos. Y si lo hacemos en función de un proyecto, es decir con una intencionalidad, el pensamiento está dirigido a la adecuación de la acción respecto de la consecución del objetivo. Pocas veces el pensamiento se dirige a la naturaleza misma de la acción, casi nunca el pensamiento y la acción pierden su carácter instrumental. A través de la forma del juego el sujeto construye identidades y escenarios imaginarios, somete su comportamiento a reglas, se ve obligado a pensar en el fundamento de su acción. El sujeto se desdobla en la representación imaginaria y es capaz de verse separado de sí mismo. Precisamente en esto se basa la afirmación anterior de que la situación de juego crea condiciones para que el pensamiento reflexivo se desarrolle.

Juegos y convivencia

Creo que, en la aplicación de las formas del juego a la educación, es posible trascender los límites del aula e inundar con ellas todo el espacio escolar. Las formas del juego son viables, y creo que muy recomendables, en la regulación de la convivencia y en los aprendizajes informales de valores y comportamientos éticos.

Siguiendo en algo al pensamiento de Nietzsche, se podría decir que en el juego el sujeto es capaz de recuperar su inocencia. Una inocencia que fue consustancial al período de la infancia, tan consustancial como lo son los juegos al comportamiento de los niños, y que precisamente se fue perdiendo a medido que fue llegando la madurez de la vida adulta, y la pérdida parcial o total del sentido lúdico de la vida. ¿Cuándo los adultos perdemos la inocencia infantil? Más que el abandono de la candidez o la ingenuidad, esta pérdida estaría dada por la dificultad para subsumir el pasado y el futuro en la intensidad eterna del presenta; como cuando nos enamoramos de una persona, pero también de un oficio, o cuando jugamos.

El sentimiento de culpabilidad se manifestaría como la experiencia radicalmente opuesta a la inocencia. Sentirse culpable es asumir una deuda a partir de lo ya realizado en el pasado —esta deuda se graba en la conciencia por medio de la interiorización del castigo o de la amenaza de un castigo posible—; y realizar una promesa lanzada hacia el futuro: no volveré a hacerlo más. La regulación disciplinaria de la convivencia mediante la culpa y el castigo externaliza los motivos del comportamiento, los vuelve heterónomos. Pero lo más grave es que disuelve la intensidad de la experiencia vital del presente en una tensión entre una deuda con el pasado realizado, y el compromiso con un futuro por realizar. Es en este sentido que la regulación disciplinaria de la convivencia escolar es el principal obstáculo para percibirla como experiencia propia, intensa y gozosamente vivida. Aniquila la vida en la escuela y la convierte en una institución nada atractiva, un paréntesis en la vida de los jóvenes, la cual fluye por fuera de sus muros.

El modelo opuesto es aquel que permite, como decíamos, recuperar la inocencia, es decir, sustituir la culpa y las promesas disciplinarias por el compromiso reflexivo y vital con el entorno material y humano de la comunidad escolar. Una de las vías claras y efectivas para construir este modelo es a través de la forma del juego. Esto es así porque en contextos lúdicos los sujetos no modifican sus comportamientos para evitar las consecuencias de las sanciones (expulsiones, castigos familiares) sino desde la participación activa en la construcción y modificación de las reglas de juego. Reglas que son vividas como indispensables precisamente para poder jugar.

La forma del juego permite separar la acción, del sujeto que la realiza. Lo que importa y se valora es lo que hacemos y las consecuencias que ello implica, sin que la acción determine lo que somos. El ámbito del juego es el de la representación, no el del ser fáctico; es el de los personajes, no el de los sujetos culpabilizados; es el de los escenarios variables, no el de los paisajes inamovibles. La gravedad del ser y el peso de los compromisos contraídos por las identidades fijas se disuelven en las acciones que sólo responden a reglas convenidas en  contextos imaginarios. El juego es básicamente irresponsable. Se es aquello que se hace, no se hace a causa de como se es. El juicio moral no se elimina, pero queda “en suspensión” dejando espacio libre para los aprendizajes.

Es posible que el lector se esté preguntando por el “cómo conseguir todo esto”; o quizás sienta la necesidad de contar con ejemplo concretos. Ahora podría recordar algunas estrategias lúdicas que he aplicado en clase, como por ejemplo la utilización de tarjetas de colores como las que se emplean en el fútbol, la distribución de carnets por puntos que descuentan como en las infracciones de tránsito, o las estrellas por aulas como las que valoran la calidad de las playas. Sin embargo, creo que “ludificar” la vida escolar, además de la aplicación de estos o de otros recursos concretos, significa ir más allá e impregnar las relaciones humanas y las circunstancias vividas. Esto reclama de la gestión de los centros y de la actividad docente un talante equilibrado, con sentido del humor, algo hedonista, diría feliz; lo cual no resulta fácil de mantener si no se dan muchas otras condiciones sobre las que habría que seguir pensando.


[1] Sobre estas cuestiones sugiero la lectura de una magnífica entrada en Gramática Parda, de Aitor Lázpita: http://aitorlazpita.blogspot.com.es/2013/03/el-miedo-la-libertad.html Última visita: 10/3/2013

[2] Ver entrada de este mismo blog: “Entornos personales de aprendizaje en secundaria

[3] Martínez Aldanondo, J. La vida es juego, http://www.catenaria.cl/km/newsletter/newsletter_61.htm Última visita: 10/3/2013

[4] Daniel Riera. Gamificación. Juegos y su aplicación tecnológica, http://www.debatesic.es/2013/02/engagement-y-fidelizacion-a-traves-de-los-juegos-serios-y-gamificacion/ Última visita: 10/3/2013

[5] Vygotski, L. S. (ed. 1995) El desarrollo de los procesos psicológicos superiores, Cap. VII, Barcelona: Crítica.

[6] Martínez Aldanondo, J. La vida es juego. http://www.catenaria.cl/km/newsletter/newsletter_61.htm Última visita: 10/3/2013

Haciendo del defecto virtud

13/06/2012


Éste ha sido para mí un curso especialmente accidentado. Durante el primer trimestre, luego de recorrer un sinfín de consultas médicas, finalmente me diagnosticaron “encefalomielitis miálgica”, una afección que se la conoce por un nombre más sencillo y descriptivo: “fatiga crónica”. En realidad, se trata de una “no-enfermedad”, pues se identifica sólo por sus síntomas –prolongados estados de fatiga no justificados por el grado de esfuerzo físicos realizado, que llegan a reducir la capacidad física y cognitiva en más del cincuenta por ciento– y luego de descartar todas las enfermedades conocidas que puedan tener una sintomatología parecida. Al desconocerse su etiología –parece que sólo hay hipótesis o vías de investigación recientes– tampoco existe tratamiento eficaz alguno. Únicamente queda aprender a gestionar adecuadamente el gasto de energía y reconocer de manera positiva las limitaciones que esta afección comporta, para no hacer aquello que no se está en condiciones de hacer, pero tampoco dejar de hacer lo que sí se puede hacer.

En mi caso particular, luego de casi un año de aprendizaje relacionado con esta situación –la cual no era totalmente nueva, puesto que desde hacía tiempo sabía que algo me pasaba, y el diagnóstico psiquiátrico de “depresión” que me habían señalado hasta ese momento no me acababa de satisfacer– terminé por asumir dos hechos como inevitables: primero, que luego de veintiocho años de docencia, la energía exigida por esta profesión no podía ser entregada por mí, al menos como lo había hecho cuando era más joven y cuando esta afección que ahora padezco aún no se me había declarado; y segundo, y en un sentido claramente positivo, sentía que los límites impuestos por mi cuerpo y por mi mente me obligaban a adoptar un ritmo lento.

Esto último quizás haya sido lo más importante. Me di cuenta que esto del “ritmo lento” no era una adaptación a una situación deficitaria, sino más bien todo lo contrario: debía re-aprender una forma más humana y gratificante de trabajar y de relacionarme con los demás. Esto implicaba muchas cosas: desde vivir con mayor intensidad las experiencias presentes, por pequeñas y aparentemente irrelevantes que fuesen, hasta encontrarme mejor dispuesto para escuchar a los demás y empatizar con sus circunstancias. Todo esto me llevó a vivir una experiencia paradójica, que posiblemente sea la que ahora más me cueste sobrellevar: sentirme en mejores condiciones y con mayor sabiduría práctica para realizar mi trabajo docente, justo cuando mi capacidad física y mis energías se encuentran mermadas para realizarlo. Situación que he encausado mediante el intento de convertir las limitaciones en posibilidades, es decir haciendo, como se suele decir, del defecto virtud.

Por fortuna, de todo esto los estudiantes se han dado cuenta; y debo decir, haciendo honor a la mayor de las verdades y sin un ápice de sentimentalismo ficticio, que el elemento principal que me ha permitido re-aprender la gestión de mis nuevas circunstancias –y no digo reconducir, ni asumir, ni adaptarme…, digo re-aprender– ha sido la comprensión y una continua devolución emocional positiva por parte de mis alumnos.

Esta introducción que ahora hago a la presente entrada, la siento necesaria para explicar varias cosas, como por ejemplo la reducción drástica del ritmo de publicación en este blog, el pasar de tener una presencia bastante activa en la red a mostrarme más receptivo o silencioso, o el declinar algunas interesantes propuestas de participación en foros o intercambios. Debo decir que todo esto en ningún caso fue muestra de desinterés, sino más bien por el contrario fue consecuencia de aplicar aquel “ritmo lento” del que hablaba, y que, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en una manera diferente de entender la inmersión en el uso de las nuevas tecnologías y en el mundo digital en general, vivida durante estos últimos años diría de manera excesivamente vertiginosa, por no decir casi frenética. Aunque dicho así me resulte divertido, considero que la “fatiga crónica” también me está sirviendo para esto.

Una consecuencia directa, y considero para nada afortunada, fueron las bajas laborales. Mi presencia en el centro se vio muy reducida, viéndome obligado a ser sustituido por otras profesoras en dos ocasiones, durante el primer trimestre y ahora durante el tercero. Esta circunstancia a quienes quizás afectó en mayor medida fue a los alumnos de segundo de bachillerato. La historia de la filosofía no suele ser una asignatura fácil, con el agravante de que, por tratarse de una asignatura común, entra en las pruebas de acceso a la universidad para todas las modalidades. En concreto, un autor de los cinco establecidos para la prueba de filosofía, Frederick Nietzsche, llegados ya a la finalización del curso quedó sin ser trabajado. Considero que no es poco, puesto que en realidad significa casi un veinte por ciento de la asignatura que ha quedado sin desarrollar.

Desde el primer trimestre retomé una experiencia que ya había realizado en un curso anterior: abrir un grupo en Facebook, al que le puse de nombre “Filo de segundo” e invité a todos los alumnos de segundo de bachillerato a formar parte de manera totalmente voluntaria. El objetivo de este grupo era contar con una extensión virtual de la clase presencial, donde se pudiera intercambiar puntos de vistas, dudas, inquietudes, propuestas, que dentro de los límites espacio-temporales del aula no siempre se pueden contener. A esto, y considero que de manera fundamental tal como pude verificarlo durante la experiencia, se sumó un efecto dinamizador y motivador importante. La presencia de los alumnos en esta red social ha sido constante, y la dinámica de la asignatura al integrarse en ella se ha vuelto más horizontal y participativa de lo que suele ser en las clases normales.

Luego de finalizadas las clases de segundo y los exámenes del tercer trimestre, comenzó el repaso para las PAU. Durante estos días de repaso, y con el objetivo de compensar las carencias que resultaron de un curso tan accidentado, se me ocurrió que podía utilizar el grupo de Facebook para solventar esta situación. Para ello, en la sala de mi casa y de una manera totalmente artesanal, con la webcam de mi ordenador portátil me puse a grabar las clases sobre Nietzsche, el autor que había quedado sin explicar. Para ello seguí los siguientes pasos:

  1. Escribí un guión (que queda aquí enlazado por si os interesa echarle un  vistazo)
  2. Siguiendo este guión confeccioné una presentación con Power Point.
  3. Grabé algunas secuencias de mis explicaciones con el programa de la webcam, en las cuales aparecía mi imagen en la pantalla completa.
  4. En otras explicaciones lo hice con el programa Screencast que permite grabar lo que hay en la pantalla del ordenador (en este caso las correspondientes diapositivas del power point), y reproduce en un recuadro pequeño en el ángulo inferior derecho mi imagen capturada por la webcamp.
  5. Para las imágenes de la presentación en las que no quería que apareciera mi imagen, directamente guardé la diapositiva correspondiente en formato jpg, y grabé la explicación con el programa de grabación de sonido que viene de serie en todos los ordenadores equipados con Windows.
  6. Finalmente, utilizando el programa Windows Movie Maker (que también viene de serie con Windows), fui montando el vídeo mediante el sencillo sistema de arrastrar y soltar todos los archivos de vídeo, audio e imagen.

[Si alguien me lo pide quizás podría hacer un tutorial sobre cómo montar todo esto, y así practico ;-) ]

El resultado fue el siguiente:





A continuación fui subiendo de manera fragmentada este material a Youtube, y luego lo fui colgando en el grupo “Filo de segundo” de Facebook. Aún no puedo evaluar el resultado, pero sí al menos puedo comentar algunas reflexiones que esta experiencia me ha sugerido; sobre todo a partir de la lectura que hice hace algunas semanas de una entrada en el blog Totem Guard en la que se comentaba el trabajo de la Khan Academy, organización sin ánimo de lucro fundada en 2006 por Salman Khan, un joven de origen bengalí, nacido en Nueva Orleans hace 35 años.

Días más tarde tuve la oportunidad de leer  en La Vanguardia un reportaje acerca de la Khan Academy que me hizo reflexionar sobre el significado que podía tener mi vídeo sobre Nietzsche, más allá de la solución de una deficiencia circunstancial. Inicialmente no le había dado más valor que el que podía tener la grabación de una o varias clases magistrales sobre un autor con la finalidad de ofrecer a los estudiantes un material que, de cara a preparar las pruebas de acceso, compensaran las clases que no se pudieron hacer de manera presencial. ¿Desde el punto de vista didáctico, qué diferencia puede haber entre el carácter expositivo de una clase magistral realizada en el aula y esa misma clase, pero ahora auto-filmada por el propio docente?

En algún sentido, los reparos manifestados en el citado reportaje de La Vanguardia, por parte de Pablo Linares,  profesor del Instituto Ignacio Aldecoa de Getafe, y autor del blog Matemáticas en el instituto, no parecían carecer de fundamento. Según dice en el artículo, Linares escribió en un e-mail al periodista lo siguiente: “Khan Academy envuelve los contenidos en un formato más atractivo pero la metodología no varía mucho con lo que no creo que enganche de veras a los alumnos ni les ayude a tener una mayor comprensión”. “… se necesita un cambio más profundo que el de presentar las mismas cosas con diferentes formatos (vídeos, redes sociales, pizarras digitales). Las tecnologías son muy buenas pero hay que darles un uso apropiado y no deberían ser un fin en sí mismas sino un medio para potenciar el aprendizaje”

A pesar de todas estas observaciones que sin lugar a dudas comparto, también pensé que quizás mi rudimentaria y poco novedosa experiencia podía tener alguna relevancia, al menos en dos sentidos:

1. La información que un docente puede ofrecer en una clase magistral no siempre es desdeñable, resultando incluso a veces necesaria o imprescindible. El hecho de encapsular esta información en un formato audiovisual y ponerlo a disposición de los alumnos en un entorno no presencial, como puede ser un “google-site” o una red social como Facebook, tiene una  implicación práctica consistente en desplazar fuera del aula los aspectos más transmisivos de la asignatura, y reservar el espacio presencial de la clase para la experimentación, el trabajo colaborativo, la investigación, el debate o la reflexión.

2. En un orden no tan operativo sino más simbólico el hecho de poner el discurso del docente en un formato audiovisual lo convierte en un recurso más a disposición del alumno;  de alguna forma le autonomiza para gestionar dicho recurso como mejor le plazca, quitando poder a la autoridad presencial, aquella que obliga a escuchar en silencio, con independencia del deseo o la motivación del auditorio. Don Finkel en su libro “Dar clases con la boca cerrada” establece una diferencia muy curiosa entre la explicación directa realizado por un docente ante un grupo de alumnos, y ese mismo docente leyendo en voz alta (o pidiendo que lea algún estudiante) esa misma explicación escrita en un folio. Para Finkel este segundo caso sería un ejemplo de “dar clases con la boca cerrada”. De alguna forma, aunque pudiera ser más aburrido o menos seductor, la lectura de un material escrito está separando el contenido de su autor, y con ello permitiendo para  quien lo recibe una mayor autonomía. Se podría establecer una similitud entre el folio escrito de este ejemplo con la reproducción en vídeo de una clase magistral.

No es mi intención justificar las bondades de un recurso cuyas limitaciones están claras, y si tiene alguna ventaja ésta vendrá dada más por el contexto de su utilización que por sus características propias. Me parece evidente que mientras la publicación de unas clases en vídeo estén al servicio de la preparación de los estudiantes para conseguir la mejor nota posible en unas pruebas de acceso a la universidad todo lo que, como en este caso, es hijo del defecto, siempre lo seguirá siendo. Y volviendo a utilizar la máxima de antes, para que el defecto se convierta efectivamente en virtud habrá que modificar radicalmente el contexto de su utilización. Lo cual, aunque no me sienta muy capaz de realizar, al menos me permite reflexionar sobre ello.

Tecnología, innovación y sabiduría práctica

30/04/2012

Se suele afirmar que no es suficiente con la incorporación y el conocimiento de las nuevas tecnologías para que haya una auténtica innovación de las prácticas y del sistema educativo en general . Por ello, también se suele recomendar que primero se piense en lo que se quiere hacer en el aula y cómo se quiere hacer, es decir, en la metodología, y luego  se busquen en consecuencia los recursos tecnológicos más adecuados.

Estoy totalmente de acuerdo con esta manera de entender la integración de las TIC en el aula, esto es, subordinándolas a las exigencias de una renovación pedagógica profunda, y sin olvidar su condición de recurso y su carácter instrumental. Baso este reconocimiento en mi experiencia docente personal. Sin ir más lejos puedo citar un ejemplo de algo que me ocurrió el curso pasado. Tuve que trabajar con tres grupos de 4º de ESO después de haber pasado bastante tiempo sin tener alumnos de este nivel. Decidí pues, durante las vacaciones de verano, renovar todo el contexto de trabajo utilizando en exclusiva Internet. Sin haber realizado aún una valoración muy profunda,  puedo afirmar que la experiencia no fue demasiado afortunada; quedándome mucho menos satisfecho con sus resultados que cuando con anterioridad había utilizado “métodos más tradicionales”. Pienso que las limitaciones estuvieron dadas porque, a diferencia de veces pasadas, en las que mi preocupación se había centrado en la relación directa y humana con los alumnos, ahora la preocupación se desplazó al uso de las nuevas tecnologías. Estas se convirtieron en barreras que mediatizaron cuestiones que pienso nunca deben ser descuidadas, como el diálogo, los debates presenciales, la experiencia humana compartida, el clima de aula. Antes entraba en el aula y miraba a los ojos de mis alumnos; durante este curso lo primero que hacía era mirar el armario con los cables y los aparatos y procurar que todo funcionase correctamente. Antes los contenidos estaban en mi mente o en notas escritas una libreta, y por lo general acababan disolviéndose en situaciones que exigían de respuestas imprevistas. Ahora los contenidos, cuidadósamente ordenados en un pendrive o en mi flamante google-site, estaban atrapados en una secuencia de actividades con sus correspondientes criterios de evaluación, eficazmente automatizados en una plataforma Moodle.

Deseo que no se tome estas reflexiones como expresión de una postura rígida y detractora del uso de las TIC en el aula. Nada más lejos de lo que pienso sobre esta cuestión. Sin embargo, últimamente estoy llegando a la conclusión de que, en cuanto a establecer un orden de prioridades, ni tan siquiera la metodología debería ocupar la primera posición. Y comienzo a considera que, en cuanto a la formación docente, habría que subordinar los contenidos, los recursos tecnológicos y las orientaciones metodológicas a la construcción de una estructura o soporte personal de carácter moral o, dicho de otra manera, de aquello que a veces se da en llamar sabiduría práctica.

Si la época en la que nos ha tocado vivir ha puesto en crisis las pedagogías transmisivas, las mediaciones de los especialistas, la estabilidad de los saberes aparentemente consolidados, si todo esto está efectivamente ocurriendo, es legítimo que nos preguntemos por la función del sistema educativo, por el funcionamiento de la institución escolar y por el sentido de nuestra práctica docente. Si los aprendizajes más profundos y duraderos suelen darse en entornos no formales –suele ser la vida la que enseña, más que la escuela–, si el acceso a la información y, sobre todo, su actualización permanente se ofrece en Internet más que en las instituciones educativas, qué queda entonces para las escuelas o los institutos.

Puede ser que  no nos cuestionemos nada de esto y sigamos manteniendo obcecadamente la validez de las dinámicas y los entornos de aprendizajes formales de siempre; ya sea por una imposibilidad personal –para hacerlos necesitaríamos “recablear” marcos de referencia largamente consolidados a lo largo de nuestra carrera docente–, o bien por el vértigo y la resistencia que produce embarcarnos en aventuras que exigirán esfuerzos, sin duda poco recompensados por un entorno laboral no muy estimulante. Si esto es así, finalmente no nos quedará más salida que responsabilizar de todo aquello que no funciona a las familias, a las etapas educativas anteriores, o a estas nuevas generaciones que de manera inexplicable no son capaces de asumir una cultura del trabajo y el esfuerzo como la que tenían sus padres, o quizás mejor, sus abuelos.

Por el contrario, supongamos que reconocemos la situación de crisis del sistema y del carácter fallido de las instituciones educativas; la pregunta clave seguirá siendo: ¿qué queda para la escuela, el instituto, y para nuestra práctica como maestros o profesores de secundaria? Desde el sistema se intenta dar una respuesta que en muchos casos no traspasa el nivel formal de los discursos: hay que priorizar la dimensión competencial en los currículos. Con diferentes grados de concreción, se intenta dar a la escuela una función “meta-educativa”. Quizás sea el momento de reconocer de manera explícita que en el ámbito escolar existe también y de manera omnipresente una dimensión moral o “meta-formativa”. Su reconocimiento consistiría no tanto en transmitir valores como en vivir experiencias éticas, y reflexionar sobre el aspecto ético de las experiencias vividas.

La eficacia competencial parece no ser suficiente. La creatividad, la autonomía, o las actitudes empáticas no pueden ser reducidas a la condición de competencias instrumentales, como lo puede ser la expresión lingüística, el cálculo o la capacidad para buscar y seleccionar la información, a riesgo de distorsionar o degradar el concepto de sabiduría práctica a un mero saber técnico. La sabiduría práctica no es algo que se pueda diseccionar en objetivos o actividades. Se trata de una dimensión de los aprendizajes que se da únicamente en las experiencias personales, vividas y compartidas con otras personas.

En relación a nuestra práctica la pregunta no sería tanto por lo que deberíamos hacer como maestros o profesores, sino más bien por los procesos de formación y transformación que deberían darse en nosotros para que estemos en condiciones de responder a esta pregunta; lo cual incluye la necesidad de desarrollar un especial “carácter docente”. Esta sería la dimensión moral de dicha formación. Y, a diferencia del resto de las competencias profesionales que se pueden adquirir, este aspecto no tiene un cariz meramente instrumental: no se aprende o se procura ganar en sabiduría práctica para ser eficaz en otra cosa, como lo podría ser el conocimiento de recursos didácticos, tecnológicos o psicopedagógicas. Todos estos aspectos sirven para ser más eficaces en la enseñanza de tal o cual materia. La sabiduría práctica además de aprenderse reflexivamente sobre la propia acción, se enseña sin ser enseñada, tan sólo mostrada. Como lo hace el artesano con sus aprendices cuando se concentra en la forma de su acción y les hace partícipe de ella. Los aprendices aprenden compartiendo una experiencia, viviendo juntos formas de actuar diferentes, contrastándolas, discutiéndolas, admirándolas, imitándolas. El “carácter docente”, como el “clima de aula” o la “cultura de centro”, pertenece a esos intangibles que por su mero despliegue tienen un efecto formativo fundamental. Además de convertirse en una condición de posibilidad frecuente para que los demás aprendizajes se produzcan.

Con esta entrada abro un campo de reflexión, que aún o había abordado en este blog, sobre la dimensión ética de aquellos aspectos intangibles del mundo educativo, tales como “el carácter docente”, o el “clima de aula”, o la “cultura de centro”. Lo hago sin poder ofrecer vías concretas ni recetas prácticas. Se trata tan sólo de una preocupación por el sentido de nuestra práctica docente y de la función de los espacios formales de aprendizaje, la cual se ve interpelada por una época de cambios profundos y novedosos, pero que en definitiva responde a aquello que desde siempre se ha propuesto como prioridad: la búsqueda de la excelencia educativa.

Dejo a continuación un vídeo de una conferencia TED pronunciada por Barry Schwartz, que posiblemente muchos de vosotros ya habéis visto (podéis activar subtítulos en castellano); también un página reciente de Francisco Pérez Latre sobre “La tercera revolución digital”; y finalmente, un decálogo para un “educador 2.0” publicado también hace un tiempo por Antonio Delgado en su blog Edumorfosis. Estos tres materiales, de una forma u otra, están relacionados con las cuestiones propuestas, y espero que puedan inspirar más ideas para compartir.



La tercera revolución digital (por Francisco Pérez Latre)


Entre la libertad y la justicia, la solidaridad (3)

16/04/2012

Construir un mapa conceptual en clase suele ser un buen recurso didáctico para promover y profundizar significados y relaciones entre conceptos. Lo hacemos en dos etapas: primero definimos, de manera sintética y precisa, una serie de conceptos, y después intentamos crear una representación gráfica de todas las relaciones posibles. Se trata de escribir poco: el elementos fundamental, igual que en las cartografías, no es la palabra sino las imágenes. Es mediante ellas que debemos establecer relaciones, y también jerarquías o valores; usando flechas, cuadros, colores, y disponiendo también del espacio en blanco como un elemento significativo más.

La producción y el conocimiento de conceptos es la base del pensamiento racional; y esto es así porque no hay racionalidad posible –aunque no sea ésta una condición en exclusiva– si no podemos separarnos (abstraernos) de las particularidades inmediatas y sensoriales. De hecho vivimos inevitablemente sumergidos en un mundo de símbolos, de representaciones mentales constituidas por contenidos esenciales y comunes a una clase de objetos particulares. Pero, por otra parte, los conceptos también uniformizan y congelan una realidad que, por estar viva y en continuo cambio, difícilmente se deja apresar del todo por moldes simplificadores y abstractos. Precisamente por esto la realización de un mapa conceptual se despliega en dos momentos opuestos: definir conceptos para poder comprender, es decir, controlar el mundo; y luego, jugar a relacionarlos invirtiendo los órdenes y las jerarquías, a relativizar, percibir matices y descubrir la necesaria coexistencia de puntos de vista diferentes.

No hace mucho propuse dos conceptos fundamentales: justicia y libertad; y una serie desordenada de conceptos tales como sociedad, ética, individuo, izquierda, capitalismo, socialismo, política, derecha. Y con todo ello la consigna de realizar un mapa conceptual ordenando la serie de conceptos en torno a los dos fundamentales de justicia y libertad. Los resultados fueron diversos, pero la tónica dominante y previsible fue la siguiente: en torno a la justicia se ordenaban los conceptos de sociedad, izquierda y socialismo, y en torno a la libertad el individuo, el capitalismo y la derecha. Había llegado el momento de iniciar la parte más importante del mapa conceptual que era ofrecer hipótesis de cambios, discutir por qué proponíamos este ordenamiento y no otro, analizar las diferentes implicaciones.

Propuse hacer un breve paréntesis para recoger información de un filósofo de la antigua Grecia, la cual nos podía ser de utilidad para profundizar sobre todas estas cuestiones. Lo hicimos mediante la lectura en corro de un texto sobre Platón, y los diálogos que mantuvo con sus discípulos a propósito de la idea de Justicia y las características que debía tener el gobierno de una ciudad justa. El texto comentaba la analogía platónica entre el alma y el Estado: si conseguimos establecer la naturaleza de una alma justa, por extensión, podremos establecer la naturaleza de un Estado justo. El alma humana esta compuesta de tres partes: una racional, otra irascible y una tercera concupiscible. Lo propio de la primera es la búsqueda del conocimiento verdadero y el control de las otras dos; de la segunda es ser impulsiva y valiente, es tener coraje y también enfadarse; lo propio de la tercera es la satisfacción de las necesidades físicas y los apetitos sensuales. De la misma forma, el Estado ideal debería estar integrado por tres clases sociales: los filósofos gobernantes, que precisamente por estar en posesión del conocimiento verdadero son los más aptos para gobernar la ciudad; los guardianes, dotados del coraje y la preparación adecuada para defenderla; y los trabajadores, siempre dispuestos a proveer de los productos y servicios necesarios para su buen funcionamiento. El concepto de justicia, tanto en el individuo como en la sociedad estaba relacionado con la idea de orden (lo que los antiguos griegos llamaban cosmos –“κόσμος”–, en oposición al desorden o caos –“Χάος”–). Un individuo justo será aquel cuyas partes del alma están jerárquicamente armonizadas: su conducta está regida por la razón, y ésta controla sus emociones y apetitos sensuales. Un Estado justo es aquel que está gobernado por quienes saben, es decir por los filósofos, y las demás clases sociales cumplen con sus funciones respectivas, aceptando, sin rebelarse, el orden establecido.

La idea de justicia que se desprendía del pensamiento de Platón produjo en los alumnos un rechazo generalizado, sobre todo por aquello de tener que aceptar el gobierno de los supuestamente más sabios. Sin embargo no podíamos descartarla así como así. De hecho tenía bastante que ver con la idea cotidiana que tenemos de la justicia, entendida como aquella virtud que nos lleva a dar a cada uno lo que le corresponde. El problema surge cuando nos preguntamos qué es lo que a cada uno le corresponde, y sobretodo quién ha de decidirlo. En este sentido, no es lo mismo hablar de justicia divina, de la justicia del destino, de la justicia en un Estado de derecho, de la justa Naturaleza, o de la justicia social reivindicada en algún programa político. De todas formas, la justicia a secas, tomada como elemento principal en un determinado ordenamiento social, nos llevaba a pensar en las ideas de distribución, orden, e incluso jerarquía y autoridad: la justicia generalmente no se discute ni se elige, se imparte.

Por otra parte estaba el concepto de libertad. Era un tema sobre el que ya habíamos indagado en clases anteriores En la mayoría de los mapas conceptuales se la había vinculado más al individuo que a la sociedad. La libertad del individuo estaba en relación directa a su capacidad para autogestionar su vida, y en relación inversa a la coacción que pudiera recibir de agentes exteriores a sí mismo. Ahora bien, pensar un modelo de sociedad o de Estado, de la forma que lo hicimos respecto del platonismo y su concepción de la justicia, teniendo en cuenta ahora como elementos principal y exclusivo no a la justicia sino a la libertad, nos llevaba a una especie de perspectiva “darwineana”, en la que la teórica libertad de todos acababa convirtiéndose en la libertad práctica de los más hábiles o los más fuertes.

El panorama no podía ser más desolador. Las alternativas eran optar por el bando de la justicia y terminar aceptando sistemas aristocráticos o autoritarios, en los que la preeminencia de lo social termina ahogando la diversidad y riqueza de las diferencias individuales; o bien escoger el bando de la libertad y defender los derechos individuales a costa de legitimar las diferencias más injustas o las actitudes más insolidarias.

La pista vino dada por este último adjetivo: “insolidario”, o por el sustantivo contrario: la solidaridad. Pero antes de profundizar en este nuevo concepto intentamos realizar un pequeño cambio en el mapa conceptual y analizar sus consecuencias: quitamos la libertad del lado del individuo y lo pusimos del lado de la sociedad; y, por otra parte, lo contrario para la justicia: la separamos de la sociedad y la vinculamos con el individuo. Además borramos, por un momento, los otros conceptos (derecha, izquierda, capitalismo, socialismo): éstos habían sido útiles en un comienzo para situar la reflexión en el plano de los modelos sociales o políticos, pero ahora, debido a su esquematismo ayudaban poco a continuar avanzando.

En realidad no se trataba más que de un juego que consistía en modificar la posición de los conceptos y observar atentamente la impresión que nos producía el nuevo orden. Así pasamos de “sociedad justa” a “sociedad libre”, y de “individuos libres” a “individuos justos”. Esto no significaba renunciar a la dimensión social de la justicia, ni al componente individual de la libertad; tan solo estábamos priorizando la dimensión social de la libertad, y con ello el compromiso con la búsqueda de formas institucionales y de relaciones humanas no coactivas, tolerantes y creativas. Y por otra parte, resaltar el aspecto individual de la justicia, y con ello la importancia de los valores éticos para la convivencia social. Parecía un juego de palabras. Sin embargo las resonancias, diría casi emocionales, de expresiones tales como “una sociedad justa formada por hombres libres”, o bien, “una sociedad libre formada por hombres justos”, resultaban notables en su diferencia. No estábamos cuestionando una posición como falsa o incorrecta, ni sustituyéndola por otra verdadera; más bien, como decíamos en un comienzo, jugábamos con aquellos matices que producen diferentes combinaciones de palabras. (Señalé al pasar que existió un filósofo del siglo pasado llamado Wittgestein que había hablado de “juegos del lenguaje”).

El cambio de perspectiva nos había alejado de los modelos y nos había acercado a los valores, relativizaba la dimensión política y fortalecía la moral. Y entre estos valores destacaba el de la solidaridad, que además de disolver la dualidad justicia-libertad, planteada como par de opuestos, nos ofrecía una serie de connotaciones interesantes. La solidaridad, por definición, es aquel valor presente en las conductas de asistencia, colaboración o ayuda que se dan fundamentalmente entre iguales. Por tanto es un valor que está reñido con las jerarquías, el mando o el autoritarismo. La solidaridad exige canales de participación activa, mediante los cuales las personas pueden expresarse en toda su individualidad. La solidaridad es un valor o una virtud (en el sentido del areté –αρετή– de los antiguos griegos, del saber hacer en el difícil oficio de ser humano); por lo tanto no es un proyecto, ni una meta, ni mucho menos una utopía, es una cualidad realizable en la práctica cotidiana.

Podíamos discutir los aspectos positivos y negativos del capitalismo o del socialismo, priorizar la libertad o la justicia, sentirnos de derechas o de izquierdas, que, más allá de todas las naturales diferencias, encontrábamos un espacio de intersección o de confluencia; aquel espacio donde, por sobre todas las cosas, se defiende el derecho a la igualdad de los humanos y el respeto radical de sus diferencias.

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