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Profesor/a novel (I)

25/01/2010


Entrada revisada y corregida el 03/03/2012



El 23 de diciembre envié a todos los participantes del grupo que administro en Facebook, “Filosofar con Jóvenes” [este grupo se encuentra actualmente disuelto], el siguiente mensaje:


Queridos amigos y amigas:

Me han encargado que escriba un capítulo de un texto, el cual servirá como material de estudio para los licenciados en filosofía que realicen el máster de preparación a la docencia en secundaria. Se trata de sintetizar, dentro del campo de la investigación y la innovación educativa, un conjunto de orientaciones para la docencia de la Filosofía en el Bachillerato.

Ya tengo más o menos estructurado su contenido, y en la medida que avance en su desarrollo, como todas las cosas que escribo, lo iré volcando también en este grupo. No obstante, es posible que muchos de vosotros podáis sugerirme ideas, interrogantes o inquietudes, resultado de vuestra experiencia como docentes o como alumnos de nuestra asignatura.
Por si es así, a partir de hoy formulo una nueva pregunta en la sección de foros de debate, que será la siguiente:

¿Qué propondrías o aconsejarías a un licenciado o licenciada de filosofía que acaba de comenzar su historia como docente en la educación secundaria?

Las respuestas pueden ser todo lo breve o extensas que queráis. Estoy seguro de que vuestras aportaciones serán de un gran valor y utilidad para mí, en cuanto a la realización de la tarea encargada, y también para todos los profesionales que participan de este grupo.

Subrayo la idea de que la pregunta no está dirigida solamente a los profesores, sino también a los alumnos (o ex-alumnos), lo cuales suman un buen número en este grupo.

Con todo mi agradecimiento por anticipado os envío mis saludos más cordiales, junto a mis deseos de que tengáis unas felices fiestas, y un buen comienzo de año.

Un fuerte abrazo.

Alejandro Sarbach

A lo largo de este mes he ido leyendo respuestas muy diversas, enviadas algunas directamente a mi buzón de Facebook, otras escritas en el foro del grupo. He seleccionado unas pocas,  siguiendo principalmente el criterio de que expresen y sinteticen la diversidad de aportaciones realizadas. En esta entrada las reproduciré  parcialmente y las comentaré, incorporando algunas reflexiones personales.

Primero presentaré a sus autores: Xavier Lladó y Daniel García Leiva,  –dos ex alumnos que tuve el privilegio de ser su profesor de filosofía en los cursos de bachillerato, y actualmente alumnos de la Universidad de Barcelona–,  Mauricio Langón –profesor de filosofía, con una rica y larga trayectoria en la formación de docentes en el Uruguay, país donde reside–, y Raquel Serna, filóloga de lenguas hispanas y profesora de castellano en un instituto de Barcelona. A Mauricio y a Raquel les conozco a través de Internet, y espero algún día poder hacerlo personalmente.

¿Qué propondrías o aconsejarías a un licenciado o licenciada de filosofía que acaba de comenzar su historia como docente en la educación secundaria?

Xavier y Daniel responden desde la posición de los alumnos. Desde aquella “alteridad discente”, en la que el sujeto, desde fuera, se opone como destinatario, y  devuelve un comportamiento que, en gran medida, constituye la identidad docente. La pregunta inicial – ¿Qué aconsejarías…?– se convierte en “¿Cómo debería ser un profesor de filosofía?”  Una pregunta que se formula en aquella tercera persona que nos identifica: él o ella es o debe ser

Xavi escribió el 31 de diciembre:

“… yo creo que lo principal para un profesor de filosofía es el método de explicar. Por lo general cuando se piensa en filosofía aparecen unas densas brumas en el cerebro que colapsan las mentes de los jóvenes. Por ello creo esencial el explicar de una manera entretenida y, en la medida de lo posible, con la participación del alumnado (participación en foros virtuales, preguntas en clase…) Una filosofía de tú a tú, abierta y teniendo en cuenta las opiniones e ideas de los alumnos. ¡Creo que esa es la fórmula!”

Xavier percibe la filosofía, al menos en el inicio de su estudio, como “densas brumas en el cerebro que colapsan la mente de los jóvenes”. Por ello creo le da tanta importancia al método que los profesores tengamos para explicar la asignatura. Propone dos cualidades:  “que sea entretenida y en la medida de lo posible que cuente con la participación del alumnado”

En este punto pienso que el mensaje pega un salto, y Xavier parece no conformase con tener un buen “docente explicador” que realice “entretenidas explicaciones”, y reclama entonces “una filosofía de tú a tú, abierta y teniendo en cuenta las opiniones e ideas de los alumnos. Exclama: “¡Creo que esa es la fórmula!”

El 24 de diciembre, Dani escribió:

“…Bajo mi punto de vista, un profesor “novel” tendría que ganarse el respeto y la admiración de sus alumnos, ya que sin eso, todo el conocimiento que quiera llegar a transmitir no llegará a buena puerto. Como alumno he sufrido profesores aburridos, cargantes, que solamente llegaban a clase, daban su sermón, y cogían la puerta lo más rápido que podían. Así, mal vamos.”
“Tendría que tener una actitud dinámica, motivadora, y que supiese ponerse en el lugar de sus alumnos, ya que, según mi opinión, la asignatura de filosofía se empieza a valorar una vez te has metido de lleno en ella. Al principio, cuesta de entender, y no comprendes el porqué hay que formularse tantas preguntas. Si ese profesor consigue que esos alumnos empiecen a cuestionarse pequeñas cosas, conseguirá finalmente que se den cuenta de la magnífica asignatura de la que están participando. Expongo todo esto por experiencia personal, ya que me he dado cuenta, a lo largo de todo este tiempo, de lo importante que ha sido para mí haber estudiado filosofía.”

Dani agrega a las cualidades propuestas por Xavier, las cuales parecen ser  de corte más bien didáctico –claridad en las explicaciones, horizontalidad del discurso (“de tú a tú”) y promoción de las ideas de los alumnos–, otras que quizá estén más relacionadas con el perfil emocional del docente: dinamismo, empatía y capacidad de motivación.

En mi respuesta a Dani le propuse la siguiente reflexión:

Tengo la impresión que las dos primeras –empatía y dinamismo– dependen bastante de la forma de ser, emocional y subjetiva, del docente. Todas las personas tenemos la capacidad potencial para desarrollar estas habilidades sociales y aplicarlas en cualquier campo de nuestra vida cotidiana. No obstante, en la situación concreta del aula dependen de un sinfín de factores, muchos de ellos ajenos a nuestra voluntad.

Saber ponerse en el lugar de los alumnos requeriría, en primer término, quererlos; o, al menos no sentirnos incómodos con ellos, ni temerlos y, cosa muy recomendable, que al menos de vez en cuando nos diviertan las cosas que hacen o que dicen. Sobre todo, poder hacer alguna vez el ejercicio de recordarnos cuando teníamos su edad. Esto sabemos que no para todo el mundo es fácil de hacer o de sentir.

Entiendo por profesor dinámico aquel que es el primero en no aburrirse con su propia asignatura, y que consigue – sin llegar por esto a ser para sus alumnos el top de la diversión–, que participar de su clase al menos no signifique una experiencia soporífera. Ahora ya no se trata de querer a los alumnos sino de amar, más que a la asignatura, a la actividad de su docencia. Para que esto suceda, este trabajo debería haber sido el resultado de una elección prioritaria y no una simple opción. Algo así como que, en realidad, fue la docencia la que nos ha elegido y no nosotros elegido a la docencia. Esto sabemos que tampoco siempre es posible.

Y llegamos por fin a la tercera: la motivación. ¿En qué consiste su principal dificultad? Que exige como indispensables a las dos condiciones anteriores: no puede haber una actitud motivadora, al menos hacia la mayoría de los alumnos adolescentes –otra cuestión sería si nos referimos a la docencia o a la investigación universitaria– si, por parte del profesor o la profesora, no hay una actitud dinámica y de empatía con los alumnos. Lo cual nos lleva a la siguiente conclusión: si la cualidad más importante de un buen docente consiste en su capacidad para motivar los aprendizajes, entonces para conseguir la excelencia profesional no nos quedará más remedio que trabajar sobre aspectos emocionales profundos, tales como nuestra capacidad de comprender realmente la posición del otro y, sobre todo, reconocer toda la significación que nuestras actitudes pueden reportar para la construcción de la identidad y la autoestima de los alumnos. Y, desde luego, haber realizado, en su momento, una adecuada opción profesional.

En la próxima entrada comentaré la aportación de Mauricio, que vendría a expresar en parte la posición del formador docente, y con la cual me siento ciertamente identificado.

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10 comentarios leave one →
  1. Jordi Rodon Enlace permanente
    25/01/2010 23:20

    Quise responder en su momento pero el día a día me arrastra. Me gustaría recomendar el libro de Philippe Meirieu “Carta a un joven profesor” Ed. Graó. Es genial y supone una buena forma para tomar posiciones ante la pregunta y ante el reto. Para mi es fundamental liberarse de prejuicios, hoy precisamente he asistido a la charla que un miembro del equipo directivo tenía con un profesor sustituto al presentarse éste para cubrir una baja y el tono era bélico: tu eres quien manda, no dejes dominarte, debes imponerte, puedes explicar esto o lo otro, etc. Una guerra de guerrillas intelectuales para mantener al enemigo, el alumno, en su lugar. También liberarse de prejuicios sobre lo que debe ser enseñar, sobre los contenidos, y en lugar de todo ese discurso de otra época atreverse a ejercer de adulto con capacidad para acompañar a los jóvenes en la aventura de la filosofía. Abrazos.

  2. 26/01/2010 9:16

    Gracias Jordi, por la recomendación del libro de Meirieu. No lo conocía, y por lo que comentas creo que será de mucha utilidad para los profesores noveles, y también para mí que no lo soy tanto. La experiencia que cuentas no por frecuente deja de ser muy reveladora de las dinámicas convivenciales que suelen darse en los institutos y, sobre todo, de la posición que desde la institución se le asigna a los alumnos. Me gustaría, si me lo permites, reflexionar algo más sobre tu comentario en una próxima entrada. Un abrazo.
    Alejandro

    • Jordi Rodon Enlace permanente
      27/01/2010 0:52

      Hola de nuevo,
      estoy convencido de la capacidad transformadora de la filosofia, doy fe! Así pues, ceo que debemos atrevernos a acompañar a los alumnos en su transformación, que independientemente de nosotros, del centro, etc. hace su camino, y la filosofia reconecta conexiones neuronales, facilita nuevas conexiones, abre la mente o al menos puede poner la semilla para que en un futuro sea una útil herramienta. Una vez hecho esto es una escalera de la que se podrá prescindir (W). Todos los profesores noveles tienen que tener esto en cuenta, tiene gran trascendencia, puede tenerla, su acompañamiento y su autoridad (en un sentido absolutamente alejado de cualquier autoritarismo).
      Un abrazo

  3. 26/01/2010 12:09

    Hola: He intentado entrar en tu facebook y no he podido.
    Como comentario a profesor novel, aconsejaría el programa Lipman. No pensemos en el profesor como un showman. El protagonista de su aprendizaje es el alumno. El profesor riega de vez en cuando para que la planta crezca. No puedo extenderme por lo que recomiendo mi web, mi blog y el libro “Filosofar en la escuela”, ed. Paidós
    http://josemariacalvo.blogspot.com
    Pensemos en respetar la personalidad de los alumno, y en que sean responsables y creativos de su propia vida.
    Saludos

  4. 26/01/2010 12:18

    No es fácil comentar algo que es vida y vida compleja.
    Tal vez una de las tareas del profesor sea “complicar”, más que explicar a los alumnos. La explicación, como a bebés, puede facilitarles las cosas y hacer que no tengan que esforzarse. Si ellos viven su clase (de filosofía o de lo que sea), el profesor les motiva con preguntas interesantes que les complique la vida.
    Sabemos que Platón y Aristóteles “obligaban” a sus alumno a discrepar para avanzar.

    • 26/01/2010 14:48

      Totalmente de acuerdo José María. Pienso que en la experiencia filosófica siempre hay algo de “esfuerzo” (hoy se habla mucho de la cultura del esfuerzo). Esto significa forzar(se) a hacer algo que quizá espontáneamente no surja hacer. No obstante creo que siempre debe haber un motivo para el esfuerzo. Y los resultados -yo diría más bien la intensidad de la experiencia- crecen exponencialmente cuando estos motivos son propios o intrínsecos. La forma: compatibilizar la exigencia con la empatía y un afecto entusiasta. Un saludo.
      Alejandro

      PS: Me gustó el inicio del comentario: “No es fácil comentar algo que es vida y vida compleja”. Frase que colorea de una manera especial el resto.

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